Paolo Vigo

Obra reciente por Valeria Quintana Revoredo

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Inocenta.
Técnica mixta sobre tela, capitone, encáustica, 100 x 100 cm

En agosto de 2011 Paolo Vigo (Trujillo, 1980) presentó Children, su quinta muestra individual, en el espacio de la Galería Sala 58 de Barranco. Lo que el espectador pudo encontrar en esa ocasión fue un proyecto bastante particular de este joven artista trujillano, afincado desde hace un buen tiempo en Lima.

Dos aspectos destacaban luego de un detenido análisis. Ni la técnica ni la temática formaban parte del repertorio usual en la producción de Vigo. Si bien un año atrás el artista había empezado a explorar con superficies acolchadas y presionadas a la manera del capitoné, su primera serie –Lucubre (2010)– se vinculaba al erotismo y a la exuberancia sensorial del cuerpo. Esta vez, el mismo soporte sensual y sofisticado era empleado con una carga significativamente opuesta. En lugar de las formas fálicas y traviesas de Lucubre, el espectador era recibido por sendas imágenes de niños retratados con los emblemas de sus infancias negadas y los mínimos atisbos de una redención, más que añorada, necesitada a gritos.

En grandes soportes de tela casi cruda, personajes infantiles como Alejandro, Inocenta, Diego y Gringacho cuentan, con brevísimos elementos, la silenciosa historia de sus pequeñas existencias ya marcadas por el infortunio, la crueldad y la ambición: el trabajo infantil, la violencia familiar (y sexual), la injusticia y el cruel aceleramiento del proceso de “convertirse en hombre”, al ingresar desde niños en columnas terroristas o falanges mafiosas vinculadas a tráficos ilícitos siempre amparados por la corrupción. Tan solo sus torsos están retratados, mientras el resto de sus cuerpos apenas se insinúa, dejándolos a merced del vaivén de un destino incierto. Sin embargo, Vigo plasma con hilos brillantes los únicos trazos de color en las lonas crudas, simbolizando con ellos la precariedad de la esperanza y de los sueños. Acompañando la serie, se distribuyó un conjunto de polípticos compuesto por piezas de pequeño formato que describen, de manera poco sutil, objetos familiares y terribles: correas, botellas de alcohol, gotas de sangre.

Con esta serie, Vigo detiene por un momento su interés en la introspección más descarnada y poética que ya hemos presenciado en Spleen (2010) y se remonta más bien a sus inicios, cuando presentaba Casa Roja (2008) en Trujillo. Un trabajo más vinculado al otro, a la marca perdurable que se impregna en los objetos; en este caso, a las historias que tejen experiencias quizás no próximas pero tampoco ajenas. Pues dirigir la mirada a estos otros niños (y a nuestro consecuente reflejo) se torna un ejercicio pocas veces deseado, ya que esta introspección nos llevará –de una u otra manera– a nuestra propia esfera infantil con sus particulares oscuridades y precariedades. Con esta serie, un tanto inusual en el trabajo de Vigo, se abre un espacio detenido en aquello que es difícil querer ver, aquello que es huidizo y oscuro en nuestra propia reflexión.

Economizando los elementos ornamentales que suelen ser parte de su lenguaje, el artista concede a la fuerza de su dibujo el llevar al primer plano estas imágenes, en un afán de devolver a quienes lo inspiran de manera anónima el protagonismo de sus propias vidas, retornándoles –en gesto generoso y utópico– el derecho a soñar sus propios destinos. A ocho meses de esta entrega, Paolo Vigo se encuentra ya en preparación de una nueva serie de dibujos que serán expuestos en el mes de julio en Sala 58. El proyecto en ciernes se aleja de la exploración de Children y retoma el dibujo sobre papel, introspectivo y brumoso, de sus series más conocidas. Los personajes duales y fragmentados vuelven a reunirse y repelerse bajo intensas capas de pigmento azul y dorado –colores asociados tanto a la luminosidad del intelecto como a la calma y el equilibrio–, dominadas por la pincelada gestual de las manchas negras que cubren los contornos de los cuerpos.

Flanqueados por flores, insectos y aves pequeñas, estos delicados paisajes corporales remiten a una cartografía de la sensualidad, donde la obsesión (y la tentación) por el placer conlleva un trastocamiento de los sentidos y de los órdenes del pensamiento. Elocuente y a la vez intrigante, resulta la pieza eje de este conjunto: aquella en la cual el personaje que mira de frente con un solo ojo porta el corazón en lo alto de su frente, mientras una vagina ocupa el lugar que ha dejado vacío en el pecho negro. La reflexión sobre el sexo, entendido en su otra faceta alterna a la del poder generativo y saludable, como una fuerza tanática y arrasadora, predomina con cuestionamientos acerca de los límites de la razón frente al impulso irrefrenable del deseo y la obsesión. La eterna lucha de nuestras dualidades intrínsecas encuentra en esta nueva serie un hermoso campo de batalla en el cual no importa tanto vencer o perder, sino tan solo disfrutar del choque.