PAOLA BAERTL
La belleza de lo cotidiano por Katya Adaui
Incluso antes de ser madre de tres niños, la pintora limeña Paola Baertl se movía cómoda en el mundo de los objetos cotidianos que ordenan, almacenan y atesoran. Ahora sus cuadros recrean cajas, monederos, frascos, carteras, ollas, artículos no necesariamente femeninos en tanto contienen los recuerdos más disímiles. Paola tiene solo 36 años, pero sabe de nostalgias, de la importancia de mantener viva la memoria con estos “objetos que acogen”, como ella los define.

- Bosque de niñas.
- Óleo sobre tela, 1.30 x 1.75 m Muestra Germinar, Galería Artco 2007
Pinto desde siempre porque lo necesito, dice. Lo hago por intuición, no es un proceso mecánico. El cuadro me va mandando. Los colores festivos, llenos de vida, son parte de su estilo, de su identidad. Señala que, en su caso, la introspección es básica para enfrentarse a su curiosidad sin límites, para saber qué imágenes deberá representar después de volcar su mirada hacia sí misma. Para forjar mundos inventados se inspira en lo doméstico, en lo familiar; también en el cine, en los viajes, en los mercadillos y en los sitios de antigüedades, donde el presente convive en permanente reciclaje del pasado. Comienza sus cuadros con grandes porciones de colores oscuros que luego recubre con capas de colores más suaves, bordeando los objetos que la cautivan. Su voluntad de recordar es tan fuerte que fotografía cada etapa; un cuadro evoluciona en cada pincelada y puede acabar siendo muy diferente a la idea original. Repite un patrón de forma obsesiva –un envase, por ejemplo–, sin ese temor que tienen los artistas de copiarse a sí mismos. Porque Paola ha descubierto que en sus cuadros puede controlar lo que en la vida se le escaparía de las manos; esa es su sabiduría. Necesita saciarse del objeto. Pintarlo es poseerlo. El proceso creativo es retador y angustiante. Cuando el cuadro está listo: liberación, felicidad. Pintar, para Paola, es desnudarse.
Se sigue sorprendiendo si alguien menciona cierta dulzura o inocencia en sus cuadros, cuando para ella hay mucho misterio en esas capas de color que cubren imágenes pasadas. Al revisitar obras que vendió hace un tiempo dimensiona con orgullo que está presente, que es parte de la vida cotidiana de los otros. Vender un cuadro, dice, es un ejercicio del ego.
Mientras estudiaba la secundaria, Paola visitó el Instituto Superior de Artes Visuales Edith Sachs durante cuatro años hasta que ingresó a la Universidad Católica, donde siguió la carrera de arte y descubrió una forma muy personal de “cocinar el color” como base de la armonía. Recuerda de este período que algunos profesores aconsejaban a sus alumnos que no firmaran sus cuadros por un tema de modestia; eran jóvenes e inexpertos. Durante mucho tiempo Paola evitó hacerlo, hasta que sus primeros compradores se lo exigieron y ella admitió que quien pinta todo el día, exhiba o no, venda o no sus cuadros, debe obviar las falsas modestias.
Con esa misma precisión con que selecciona los colores, Paola elige las palabras para nombrar sus emociones. Al azul lo describe como hondo, al rojo como explosivo. Y los grises en escala le parecen de gran riqueza cromática. Llamó Germinar a su primera exposición individual en vez de “renacer”, para celebrar a esa semilla primaria que da lugar a una vida. A partir de fotografías de su madre y de sus propias hijas creó un mundo de siluetas humanas que se fundían con siluetas boscosas. Con estos 12 cuadros se despidió de una primera etapa abstracta y se fue al extremo de lo concreto con sus series de objetos cotidianos. Aunque parezca contradictorio, casi nunca se basa en fotografías para pintar: imagina el cuadro completo y toma anotaciones en una libreta para no perder los detalles. Prefiere los grandes formatos para explayarse. Y como a un escritor, los espacios en blanco la intimidan. Este miedo, sin embargo, es un catalizador de su creatividad.
Trabaja en un espacioso taller que ella misma acondicionó en el tercer piso de su casa. Para llegar a él debe atravesar el tendedero, siempre ocupado con la colorida ropa de sus hijos: en él se mecen la infancia, el juego, la alegría. Cuando hace una pausa, Paola observa por la ventana de su estudio con ojos curiosos y azules: “Desearía no tener los horarios tan partidos para poder pintar todo el día. Cuando mis hijos crezcan…”. En su voz, la nostalgia de ese futuro que aún no puede vivir. Pero se sabe una persona privilegiada por dedicarse a lo que ama. Terminar un cuadro puede tomarle hasta tres semanas. A veces trabaja en dos al mismo tiempo. Mientras el óleo se seca en uno, pasa al otro, sometida a la efervescencia de la creación. En estas últimas semanas, además de pintar, está explorando las posibilidades de la cerámica. De nuevo siente el llamado de lo utilitario. ¿Sus primeros objetos de arcilla? Carteras iguales a las de sus pinturas. Las formas son cíclicas para Paola. Cree que en algún momento, como les sucede a sus hijos luego de comer las mismas galletas, terminará agotándose de aquellas cosas que de tan cotidianas le son imprescindibles. Y es seguro que se entregará a ese llamado vital con la misma curiosidad infantil que ha entrenado desde siempre.
