ALESSANDRA SALA

Un grito y un poema visual entre la luz y la penumbra por Sonia Pérez Unzueta

Sin embargo en mis ojos una pregunta existe y hay un grito en mi boca que mi boca no grita. ¡No hay oído en la tierra que oiga mi queja triste abandonada en medio de la tierra infinita!

Pablo Neruda

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De la serie Gritos.
Inyección de tinta en papel fotográfico, 90 x 60 cm

Con este epígrafe del poeta Pablo Neruda, Alessandra Sala corona su primera unipersonal de fotografía curada por la galería Cecilia González. Un recorrido visual que se inicia en una vetusta escalera ascendente de mármol nos introduce en una serie de escenarios interiores baldíos, en los que algunos indicios de una vida anterior muestran su franco y descarnado deterioro, entre ventanas entiznadas que, no obstante, reciben el prodigio de la lluvia.

Alessandra ha recogido las heridas de un antiguo edificio abandonado y las ha colmado de belleza con la intención de sanar las suyas propias. Uno de los guiños terapéuticos de esta muestra es la curiosa locación elegida para sus fotos: una antigua clínica abandonada. La fotografía de Alessandra no se había aventurado antes por un territorio tan personal a la par que inhóspito, aunque ya es difícil identificar la frontera entre algunos de sus trabajos anteriores dedicados al fashion y el arte en su veta más imaginativa.

En el 2008 cursó estudios de fotografía y creación digital en el Centre de la Imatge i la Tecnología Multimédia de la UPC en Barcelona, asistiendo a diversos talleres complementarios para ampliar sus horizontes de composición y narrativa visual. Tras su retorno a Lima, la joven fotógrafa encontraría el espaldarazo emocional que desencadenó su proyecto, como un acto que sobrepasaba su propia voluntad, cuando fotografiar espacios en abandono apenas se distinguía de un acto de íntimo recogimiento, de una ceremonia personal que le procuraba consuelo y que, para fortuna nuestra, se tornó en una muestra que nos acerca a los abismos insondables del dolor, con intensidad pero también con lirismo y sobriedad.

A continuación, ofrendo al lector algunos apuntes personales suscitados por el encuentro con Alessandra y sus fotos.

La autora es muy joven. Una joven fotógrafa. Joven es una palabra cualquiera posada en la indeterminación del dolor. Hay un dolor que no tiene principio ni fin, es una experiencia de desgarramiento. Un recorrido por las habitaciones de la casa que no está habitada sino por tenues huellas de su vida anterior. Escaleras de mármol ascienden a un deslucido y no obstante bello lugar. Las ventanas están entiznadas, y sin embargo la lluvia, prodigio del cielo limeño, nos ha hecho un regalo. El grito es la voz no acallada por la voz de la conciencia: la razón no llegó a tiempo con sus conjeturas ni sus vanidosas explicaciones. ¿En qué son iguales el amor y el dolor, en qué punto se mezclan hasta igualarse? Una sala sombría con un asiento de odontólogo. Extracción: ¿por qué tras la ausencia repentina del objeto de amor el mundo se desangra de sentido? Caminar, correr más rápido que el pensamiento. Sudar y pulsar. El ritmo vertiginoso de la sangre que no se detiene, el pulso tenaz que acompasa la espera de nada. Una extensión mecánica del ojo y la memoria captura, retiene, ordena y alumbra. Magnífico juguete, he oído tu grito. El corazón también es una máquina que golpea el silencio con su rítmico latido.