“Mirar el mundo podía ser una experiencia desconcertante”

Claire Luna, NYC

Sábado 16 de junio de 2007 por Camaleon

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Autorretrato
Atrás: Armando Reverón. 64.5 x 55.5 cm, carbón, pasteles y crayolas sobre madera, 1948, colección privada.

Detrás de las rejas que retienen a los pájaros, aparece al fondo el autorretrato del artista. Tema que pinta obsesivamente al final de su vida, desde su retorno al Castillete de Macuto (1945) luego de una estadía en un sanatorio mental. En esta misma sala, la última, junto a los autorretratos encontramos a los muñecos (muñecas para ser precisos). De tamaño natural, ornadas de alhajas y pelucas, delirantemente maquilladas y vestidas como para un baile. Seres que pueblan los cuadros, pero también la vida. Seres con los cuales Reverón se comunica, a quienes siempre habla. Ellas no dicen nada, pero lo escuchan y lo entienden, según él mismo cuenta. Forman parte de su vida, de su cotidiano. Estas figuras malamente cosidas por él mismo, marcando horrorosas cicatrices a lo largo de todo el cuerpo, hechas de trapo y de otros materiales pobres, no son arte dice él, son solo sus modelos.

Si estas muñecas no son arte, están al borde de serlo. Puente entre la realidad y el arte. Ficción, a primera vista macabra, pero inmensamente llenas de la ternura de Reverón, quien las ve de carne y hueso, a quienes habla de arte y a quienes representa en su obra al lado de su esposa Juanita Ríos.

En el mismo autorretrato que mencionamos, de 1948, un muñeco nos da la cara detrás de él. Una superficie roja delimita el espacio de su cara y la del muñeco. Ese límite tiende a confundirse: la factura del cuadro hace que los diferentes planos se mezclen. ¿Es el pelo de Reverón todavía o una pincelada adicional para describir el fondo del segundo plano?

La tela es un material más –acaso esencial– en la composición de sus cuadros. Es la misma que utiliza para sus muñecos y otros objetos. Muchas veces se trata de una tela muy gruesa, una suerte de yute cuya trama, desnuda de colores, es mucho más que un simple telón de fondo. Algunos marcos hechos con troncos de palmera, la luz blanca que invade todo y los colores naturales nos proyectan en un entorno cálido y difuminado: el Caribe a pleno día.

La muestra Armando Reverón presentada en el MOMA (11 febrero-16 abril) es la primera retrospectiva del artista venezolano en los Estados Unidos. En solo cuatro salas, el visitante se impregna del universo reveronesco: desde sus paisajes monocromáticos –plasmados en una densa materia pictórica–, pasando por sus autorretratos, hasta sus muñecas de tamaño real y los extraños objetos que formaban seguramente parte del universo ficticio en el cual vivía: un teléfono de madera, un esqueleto de metal, un espejo, etc. Cuatro salas que abarcan cronológicamente desde los años 1920, cuando su “arte se encauza hacia una dirección novedosa” [2], hasta fines de los años 1940.

En base a unas pocas obras se da un buen panorama de la evolución artística de Reverón. Esta muestra expone la trayectoria de uno de los más significativos artistas latinoamericanos de la modernidad en la escena internacional, cuyo alcance podría permitir replantear el concepto occidental de modernidad.

[1] Palabras del artista, pronunciadas por Luis Pérez Oramas en la presentación de la exposición

[2] Luis Pérez Oramas, curador de arte latinoamericano en el MOMA.


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