Miguel Lescano

La música bajo el cielo por Sylvia Miranda

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Lectura-acción de Miguel Lescano.
Inauguración de Lima Gótica: capitulo I. Galería De Santi, Buenos Aires 2011. Acompaña en el bajo eléctrico el artista Adrian Lirman.

Miguel Lescano ha elegido un verso del poeta Emilio Adolfo Westphalen para titular su tercer libro de poemas: La música dibuja el cielo. La elección no es extraña en el poeta-pintor, el verbo le es demasiado próximo para pasar inadvertido. Pero, ¿es que la música dibuja el cielo en los versos de Lescano?

Abre el libro una lúcida presentación del poeta y crítico Eduardo Chirinos, que ahonda y complejiza algunos de los temas fundamentales de la obra, se adentra en la complementariedad entre la pintura y la poesía en el trabajo de Lescano, en la importancia de la música que, como expresa, “le sirve no solamente como banda sonora de sus poemas (y de las ciudades europeas y americanas que figuran en el libro), sino como pautas rítmicas y culturales que definen su tono” 1, y hace referencias al tema de Lima, la ciudad caótica y alienante por la que camina y sobrevuela Batman, el antihéroe mestizo recreado por Lescano en una larga serie de lienzos y en un poema que llevan el título de Lima gótica.

El libro tiene la virtud de enlazar no solo de forma inédita sino espléndida, acrisolada, diferentes expresiones del arte: la poesía, el dibujo y la música, que han formado –desde sus inicios– un todo en el trabajo de Lescano. Solo para recordarlo, a comienzos de los años noventa, cuando lo conocí, Miguel Lescano pintaba ya unas telas llenas de colores fuertes, llamativos, en las que destacaban sus membranas, y donde los temas de Lima y del amor se unían como dos fuentes o pilares. Al mismo tiempo publicaba sus versos en revistas o folletos que han sido siempre muy frecuentes en Lima y no era raro encontrárselo en el centro de la ciudad en algún concierto de música punk. Creo que la mejor actitud de Lescano ha sido seguir el camino natural del artista a la búsqueda de un asidero posible en todo aquello que le permita una comunicación espiritual e intelectual, una transmisión de la emoción, una forma física de actuar (en ocasiones de manera conjunta con la sociedad) frente a la realidad, frente a la vida, que contradice todos sus sentidos.

Los poemas de este libro nos hablan de la complejidad de esa lucha constante por mantener viva esta actitud ante el medio, de las dificultades materiales y emocionales, de la exposición del cuerpo-vida frente a todo lo que lo niega-siega, de las derrotas, de los logros y de las esperanzas. En definitiva, la reafirmación en el amor y en la imaginación para existir.

Es importante recalcar que los poemas abarcan el tiempo cronológico de casi una década, la del 2000, que tiene un correlato espacial e histórico significativo para el Perú y para el propio artista en particular. Después de los dictatoriales y durísimos años noventa, el 2002 inaugura para el poeta un nuevo ciclo que no puede entenderse sin el anterior; por eso, en uno de los primeros poemas recorridos por la pasión amorosa y la experiencia sensorial del paisaje urbano limeño mira hacia atrás y constata: “Esta historia es como un puerto desolado. / El tiempo odia, yo odio también”.

Y parece que oyéramos las letras de un viejo vals, su compás nostálgico y agudo toca una cuerda profunda en la sensibilidad social de Lima. Este rasgo es eso, el enlace con la condolencia común, en este poema titulado manifiestamente “Cuerpo” (léase personal y social), por los que pregunta: “¿Esta guerra es por la vida, o por saber lo que es la vida?”, a sabiendas de que la respuesta es y ha sido por ambas. Vuelta la mirada al presente comprueba en “Desenlace”: “Las heridas de ayer aún están vivas / No somos libres en este jardín de basura”.

Los textos están premunidos del lugar y la fecha de la escritura, lo que posibilita que este libro pueda leerse también como un diario sucinto del artista, en el que se conjugan los momentos más significativos con los hechos más cotidianos. Mientras el poeta escribe el poema acompañado de una taza de café, la amada puede preparar una torta de chocolate, la música que da fondo puede ser la de Debussy, sin que nada obstaculice la libertad de asumir y declarar la experiencia personal e histórica vivida, en medio de ese “jardín de basura” o “jardín de cemento” que es la ciudad.

En “Proverbio cotidiano” dictamina: “Yo no soy agresivo, / solo estoy observando”. El poeta-pintor observa, registra su mundo en imágenes y palabras, y su mundo: Lima, la avenida José Granda, no es un jardín de rosas, pero es suyo y en él habita la amada. Recorre Madrid, Chelsea, Barcelona, Buenos Aires o Nueva York con la misma linterna en la mano y con varia esperanza; los espacios y experiencias completan al artista sin enajenarlo, la calma y el verdor de Aranjuez no le ocultan el tedio y sinsentido que afecta las viejas ciudades burguesas, manifestándose en: “Esta luz europea parte la vida en diminutos cafés” (“Alto Madrid”).

En medio del gran espectáculo estival del lujoso balneario de Castelldefels, la soledad y la observación siguen siendo su actitud frente a ese “(…) arenal candente / cuadriculado por la brisa / de personas que juegan sobre olas inverosímiles” (“Llueve de sol”); así también la nieve eterniza y paraliza las tardes en Chelsea, o cae como lluvia de balas y sirenas la violencia del Bronx, y “En Buenos Aires todo se extiende / con su locura que a nadie importa” (“Avenida Corrientes”), aunque la ciudad rioplatense, con sus ruidos y sus rutas inimaginables, lo fascine. Frente a estas grandes urbes se abre Ayacucho, íntimo, provincial, austero. Allí el huayno es melodioso y siente haber llegado a “la tranquilidad máxima”, sin olvidar los dolores que anidan en sus piedras. Ayacucho: reverso de los mundos, sublimación dolorosa, anhelada “música de lluvia” (“Ojos de luna”).