ARTISTA
Los dioses y los hombres. Disolución del límite en la obra de Vidal Bedoya
Por Vania Portugal Larco
Estoy en medio de los cuadros del taller del pintor –los hay de diversas etapas, incluso para mi suerte una marina, como una breve reliquia de sus comienzos paisajísticos, de sus épocas militantemente figurativas– y pongo énfasis en lo que para el propio Vidal Bedoya constituía un asunto de convicción personal: el arte no podía ser el resultado de un atajo metodológico, de un salto de garrocha respecto de los aspectos formales. Ese autoexigente temor al abuso de un lenguaje conceptual, sin remitirse a un sedimento de materia que le diera solvencia a las formas, le llevó por las sendas de la exploración dentro de parámetros de sumo rigor académico.

- Antiguos dioses, 2008
- Óleo a la cera sobre lienzo. 140 x 140 cm
Conversamos y los temas fueron alternándose de manera desordenada pero coherente, como en una rapsodia. Un hito fundacional de este lenguaje propio, en el cual Vidal Bedoya se siente holgado y vivo, fue el encuentro con la obra del peruano Antonio Máro. Cuando uno tropieza con obra como esa, de pronto encuentra certeza (y no acerca de cómo debe ser o no el arte, sino acerca del vehículo que puede ser la expresión del pintor). Viene en este momento a mi mente el origen circunstancial de la palabra metáfora –transporte–.
Me muestra unos apuntes realizados en Canadá: sus dibujos son limpios y volumétricos. Me comenta que cuando era estudiante en la ENSABAP, sus maestros leían en su dibujo el destino del escultor.
Hablamos, por supuesto, de la hoja de coca, del origen –circunstancial también, casi pedestre– que dio lugar a la serie Hoja mítica que viajó a Bruselas y le dejó un resabio vinculante con una tradición que, siendo un hombre citadino, le hizo descubrirse latinoamericano, además de pintor. Hablamos del color rojo, hablamos de su fascinación por las historias del mundo andino y los trances chamánicos que tanto excitaron su imaginación siendo muy joven, hablamos de su salud quebradiza que le forzó a no cometer los excesos que sí aventura en su trabajo pictórico. El cine y el teatro fueron también espacios de expresión que le llevaron a encontrarse con su pintura siempre de nuevas maneras: el oficio de pintor parecía una vida más bien secreta de este personaje que no se mostraba en nada transgresivo, y que asolapaba en el gesto de reserva una cierta timidez. La pintura de Vidal Bedoya ha conseguido, como el propio pintor, una vida independiente de cualquier tema deliberado. Es así que el tránsito de un academicismo riguroso al mero reino de la expresión, con sumo cuidado, casi con escrúpulos formales, se ha definido progresivamente como una depuración de su propio discurso pictórico para ofrecernos, hoy por hoy, el hallazgo de un estilo propio y contundente.
