JOSÉ GOMEZ

Al rescate de la luz en tiempos de penumbra por Vania Portugal

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Muro azul (Ronda nocturna, Rembrandt),
2011. Óleo sobre lienzo, 100 x 100 cm

José Gómez realiza con esta, su más reciente serie intitulada Penumbra, un tributo al arte y en particular a los maestros que marcaron su propio recorrido personal y artístico. El título de esta serie merece algunas anotaciones especiales, en vista de lo paradójico de este momento luminoso de su pintura. Penumbra es, en palabras del artista, la descripción de un estado de tránsito. Tránsito que está claramente identificado como el juego que se alterna entre la pintura y la vida. Es así que el lienzo es habitado como un pasaje contiguo, una suerte de nuevo umbral de percepción capaz de hacer estallar las cáscaras de las cosas (que conforman la realidad).

Penumbra es una interesante palabra que nos habla de un ocultamiento parcial de la luz, un estadio intermedio entre las tinieblas y la luz. Según el Génesis bíblico, antes de la luz el mundo estaba en tinieblas, que en la interpretación agustiniana de la creación es equivalente al caos. La luz es capaz de darle forma a la indeterminación de las tinieblas. La pintura, como el verbo, ilumina (alumbra) la forma que combina este torrente caótico.

Pero, además, los cuadros de José Gómez en esta serie quieren vivir varias vidas en simultáneo. El pintor pretende mostrarnos que el legado formal de la pintura académica está hecho para ser superado con mundos imposibles, honrando los viejos recursos, tal como hicieron los maestros del pasado. Es posible hacer pintura contemporánea sin desdeñar el legado de la tradición, parece gritar una serie como Penumbra.

Me resulta inevitable, asimismo, establecer una analogía entre el momento actual del arte y la penumbra (cuasi-oscuridad). La proliferación de vanguardias desde principios del siglo XX condujo a una interesante autoconciencia del arte, pero además a una subsecuente devaluación de los criterios que lo definieron como tal. Jacques Thuillier prologa su teoría general de la historia del arte denunciando un actual “vacío semántico”, mientras Damien Hirst vende colillas de cigarrillos por millones de dólares. En tiempos como los actuales, todo es arte, pero nada vale tanto… como cuesta en casa Sotheby’s.

La destreza capaz de propiciar los trampantojos que conforman esta serie es un misterio que como tal tiene sus iniciados. Gómez tuvo una infancia desprovista de seguridades elementales. La precariedad material y su lugar entre varios hermanos le templaron la voluntad de vivir y la tradujeron en deseo, pulsión creativa poderosa y abisal. Los libros de arte que guardaba su padre, fotógrafo, ejercieron sobre él, siendo apenas un niño, una pavorosa atracción. Gómez fue capaz de entender prontamente que en esas imágenes restañaban mundos sensibles y que eso era algo perturbador a la par que fascinante. Las láminas con natividades del Greco, Miguel Ángel y los maestros del renacimiento nórdico, como el Bosco, Rembrandt y Durero, le estremecieron sin jamás pensar cuánto volverían a estremecerle treinta años después en sus periplos por museos de Europa y de Estados Unidos.

La pintura se convirtió en un acto de fe. Su devoción personal encontró diversos santuarios desde la niñez entre las satinadas páginas de los libros de su padre, y más adelante en los museos, como espacios incorruptibles y atemporales. No resulta muy representativo de estos tiempos su respeto hiperbólico por estas instituciones devenidas de la neurosis ilustrada del coleccionismo; tampoco su amor incondicional por la pintura de caballete y su calidad académica.

La rendición de Breda de Velázquez se asoma a través de una trama hecha con títeres de dedo. Los mundos circunstanciales que aparecen en primer plano son hechos de objetos intercambiables (acumulaciones verticales de jabas, empaques vacíos de huevos acopiados). Puertas y persianas metálicas se convierten en lienzo, esto es en pasaje de la forma y diálogo con sus maestros inmortales.