ARTISTA

Eduardo Moll

Vocación abstracta e impronta gráfica por Manuel Munive Maco

Viernes 4 de junio de 2010 por camaleonV

Eduardo Moll (Leipzig, 1929) dejó de hacer grabados hacia fines de la década de los setenta, pocos años después de su retorno definitivo al Perú en 1973. Desde entonces fue con pinturas que realizó exhibiciones individuales de obra reciente o participó en muestras grupales y colectivas. Sin embargo, el conjunto de su refinada obra gráfica, particularmente en metal, ha tenido varias reapariciones justificadas por su calidad en menos de veinte años1.
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2010. Acrílico sobre tela, 90 x 120 cm

En verdad, su desempeño como grabador había empezado en 1956, apenas volvió al Perú después de su viaje de formación artística en Europa, lapso en el que descubre el grabado y su connatural talento para practicarlo. Desde entonces hizo todo lo que estuvo a su alcance para que el grabado en metal fuera reintroducido como disciplina artística en el Perú: lo ejecutó y lo expuso; dictó innumerables conferencias para su difusión; impartió sus rudimentos en la Universidad Nacional de Ingeniería y en la Escuela de Bellas Artes, y se hizo acreedor de las principales distinciones para esta disciplina en el Perú –ganó el primer premio en el II Salón Nacional de Grabado del ICPNA en 1966– y en el extranjero2.

La exposición que Moll realizó en la Sala Luis Miró Quesada en junio de 2010 ofrecía concretamente dos atractivos singulares, además de permitirnos apreciar en pleno ejercicio a uno de los pioneros de la pintura no figurativa en el Perú: su reaparición como grabador después de más de treinta años alejado de una prensa y, algo que consideramos aún más notable: reconocer la impronta gráfica que anima su pintura abstracta y en la que radica la fuerza y la coherencia de su planteamiento. Ver sus producciones recientes en grabado y pintura, una al lado de la otra, fue una oportunidad invalorable para adentrarnos en el proceso creativo de nuestro artista y para conocer más acerca de las relaciones plausibles entre lo gráfico y lo pictórico.

Como anotamos anteriormente: “Aunque en su obra existen algunos períodos figurativos, la veta que la recorre es la de la abstracción, tendencia afín a su temperamento, en cuya propuesta predomina, compositivamente, el contrapunto de líneas de fuerza, que se oponen y complementan, plasmadas con vigor y celeridad, las mismas tensiones que se conjugaban ya en muchos de sus aguafuertes”3.

La nueva pintura de Moll es, para los que saben mirar, aún más vigorosa que la de etapas anteriores, sus empastes más densos y varios de sus colores, virtualmente inéditos hasta hace un par de años cuando presentó Carnaval , su individual en La Galería de San Isidro, más encendidos y contrastantes.

Precisamente esa pulsión “celebratoria” se mantiene presente en el conjunto que comentamos, pues ese es el ánimo del autor y su actitud vitalista ante el ejercicio de la pintura.

Con la serie de sus nuevos grabados Moll demostró, 55 años después de su aparición como grabador en metal, que aún le queda mucho por decir en este sofisticado ámbito y que como pintor tiene un temple renovado, algo que se hizo evidente en la realización de los grandes formatos mostrados.


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