Galería Lucía de la Puente del 10 marzo al 10 de abril 2010
No dejar de mirar y pensar qué se mira, para no dudar que se ha mirado. No mirar es perder pero, al final, ¿qué es perder? Si perder es un arte para aquellos que son capaces de dominar algunas cosas perdidas
Diego Lama, artista y director de sus pasiones, pertenece a la nueva generación del videoarte. El rasgo más evidente de su discurso crítico es su lenguaje visual, el cual implica una dinámica reflexiva que va mucho más allá de la imagen. Su obra está cargada de conciencia de la identidad, ya que ser testigo y protagonista del desajuste de pertenecer a un mundo cultural puesto en paréntesis le permite definir el sentido de lo irrecuperable.
Esta vez se enfrenta a una realidad que transgrede la visión sedimentada del artista. Nos ofrece la recreación de un escenario que cuestiona a una sociedad que se desborda, un mundo en el que la opulencia se superpone y contribuye a la deconstrucción de la política y de la identidad cultural del hombre. Diego Lama, sin miedo a los límites, representa a ese inexistente grupo que tiene la conciencia de contar o denunciar “eso que sí está pasando”, confiado en su capacidad representativa que respalda su discurso y le da sentido.
Refleja una composición más compleja en cuanto a recursos empleados y a distribución en el espacio, puesto que utiliza la fotografía, el video y una reflexión casi poética de una realidad que golpea al país. Hace evidente la yuxtaposición de elementos oscilantes y materiales frente al pensamiento más romántico del artista. El espíritu libre y sin pudor que se rescata de la obra, como sus ganas de “salirse con la suya”, rompen con las reglas convencionales. Reglas que se distinguen en el juego que se ha armado para quienes quieren jugarlo. De manera concreta, crítica con lujo al “lujo” de aquellos que deshacen los elementos que constituyen la estructura de la cultura sensible.
El artista presenta, espontáneamente o con intención, tres momentos. El primero, una obra-video en la cual hace uso del plano-secuencia, recorriendo los interiores de la Casa de Correos y Telégrafos de Lima, declarada patrimonio histórico del Perú. Recurre a la cámara “mareada” para explorar y atravesar puertas jamás abiertas y ajenas al conocimiento de muchos, hasta conocer lo más íntimo del edificio: la situación catastrófica en la que se encuentra y el caos que disfraza.
Las fotografías en gran formato corresponden al segundo espacio llamado “Los pasos perdidos”. Nombre atribuido a la función que desempeñaban todos los salones de entrada de los palacios gubernamentales. Espacios de transición, cuyo fin era solo transitar hacia otras salas de reunión. Estos cuadros-fotos muestran la necesidad de los aparatos de poder de resaltar su imagen, imponerse y engrandecerla, esta vez con un arte recargado como el barroco. Un arte que no soporta espacios vacíos y que, por ende, tiene la necesidad de saturarlos. Espacios virtuosos en iluminación y detalles como el Salón Dorado y el Salón de los Espejos, representando ambientes que solo algunos son capaces de gozar.
La perspectiva de planos, la sensación de profundidad y el tamaño de cada imagen se imponen con grandeza ante el espectador. Frente a ello resalta, por oposición, la fotografía de la Estación Desamparados, reconocida hoy como espacio dedicado a la cultura; sin embargo, irónicamente, es la imagen más pálida, sombría y que se aprecia con una mirada llana, sin mayor perturbación o asombro.
Hacia el fondo de la sala una pequeña habitación. Es, precisamente, en este tercer segmento donde el artista deja su huella, consiguiendo unir en una imagen-detalle tanto el video como la fotografía que lo singulariza. Conforme nos acercamos más al pequeño marquito que encierra la imagen, logramos distinguir uno que otro elemento hasta que nos percatamos de que se trata de un fragmento de una o varias pinturas. Efectivamente, a propósito o al azar, Diego Lama utiliza un detalle de diversas pinturas realizadas por un Daniel Hernández, un Abelardo Álvarez y un Ignacio Merino. Todos reconocidos artistas peruanos de una determinada época, no por la sociedad sino de parte del alto rango. Personajes que retrataron a su presidente, que caminaron por salones parisinos y que dejaron su obra en los espacios de poder. Sin embargo, en la realidad, mientras no exista un poder que no responda a las necesidades sensibles e inteligibles del hombre, más grande será la llama que nuble la vista del que aprecia y más pequeña la imagen que se pueda rescatar. Finalmente, el artista ha logrado transmitir un mensaje conciso pero cargado de fuerza, y a la vez íntimo por la complicidad con el observador. Un mensaje provisto de una estética tremendamente personalizada y de exploración del lenguaje. Un video en tiempo real y una imagen que se destruye, que se quema, que arde. Y es que cuanto más crece la llama más quema, cuanto más quema más destroza y cuanto más destroza menos rastro queda y más rápido se olvida. Es la derrota del arte y la creciente llama del poder, porque “el arte de perder no cuesta nada”
Gabriela Díaz Palma

