ARTISTA

Antonio Herrera Un explorador de símbolos y sentidos

por José Medina

Viernes 4 de junio de 2010 por camaleonV

La pintura de Antonio Herrera, siendo formalmente abstracta, no oculta su arquitectura interior, que resulta necesaria para lograr una simbolización propia y la organización de un mecanismo emocional encarnado en la presencia de elementos más orgánicos, que son los que finalmente se confrontan en estos cuadros.

Buena parte de la historia del arte está construida sobre el relato de la intuición del artista sobre la tela, sobre ese gesto subconsciente en el que una serie de fuerzas y elementos son convocados en un instante determinado. Como el subconsciente es ingobernable, entonces estamos condicionados irremediablemente a encontrar solo ciertas relaciones entre las representaciones plásticas y sus distintas interpretaciones posibles, sin que para esto dichos objetos en mención pierdan para el artista su vínculo con una realidad inmediata.

Realidad que no es ajena a la pintura de Antonio Herrera que, siendo formalmente abstracta no oculta su arquitectura interior proveniente de la intuición que ese trazo primigenio le permite, por su condición instantánea y por ser el gesto subconsciente o elemento central que subyace a la composición misma de sus cuadros. Esta realidad es una zona de signos propios que mantiene un sentido de fragmentación que no está expuesto allí para sugerir precisamente disgregación, sino por el contrario para ser una constante de sentidos en gestación que permitan la reorganización interna de sus formas.

A pesar de que en las obras de Antonio Herrera las formas conservan su construcción abstracta, estas han ido derivando desde una arquitectura con alusiones urbanas, que hoy luce bastante atenuada, hacia una trama vinculada con una conformación más orgánica, hecho que se ve notablemente facilitado por el empleo del color, elemento que se enriquece claramente en estos últimos cuadros. En ese proceso, el artista nos empieza a mostrar la presencia de figuras humanas que emergen e impregnan el escenario, como nuevas estructuras que se integran entre sí o que apareciendo disgregadas empiezan a adquirir una conformación humana sin perder sus rasgos abstractos.

Este mecanismo no estaría expresado de esa manera si no estuviera estrechamente ligado a ese otro protagonista de las pinturas de Antonio Herrera, ya citado anteriormente, el color. Por muy gráfica que una pintura sea, el color se constituye no solo en la realidad última de la obra, sino que también se involucra como categoría sensorial, contribuyendo al movimiento y a ese estado de energía sutil que hace que un lienzo nos lleve al otro. El pintor crea símbolos –algunos reconocibles otros un tanto emocionales– como consecuencia de una metáfora abierta que retrata las tensiones representativas de esa realidad sensible pero espontánea, haciendo insospechada la unión que puede haber entre instinto y racionalidad.


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