Al no encontrar inmateria…La continuidad y el tejido en la obra de Juan Pacheco
Lunes 18 de agosto de 2008 por Camaleon
No me muevo por texturas y como artista y como personalidad estoy buscando desarrollar esa capacidad que me permita encontrar un objeto, escultórico o no, que sea inasible, impalpable, que solo es posible percibir a través de vibraciones magnéticas, por las sensaciones que te hacen visualizar cosas. Aún no encuentro la manera de llegar a ese producto y lo único que hago es desarrollar mis capacidades.
Juan Pacheco, en entrevista con Carina Moreno, 1996.
Intentar establecer una senda viable y sin escollos por la trayectoria de Juan Pacheco (n. 1965) implica renunciar de plano a, por lo menos, dos desaciertos frecuentes que un observador del arte peruano contemporáneo suele tener al pensar en la idea de continuidad. El primero consiste en rotular la continuidad como la capacidad del artista para establecer, a través de una sucesión de propuestas o presentaciones públicas de su obra, un vínculo material o temático ostensible o, en todo caso, sugerido. El segundo es pensarla como una insistencia en mantenerse activo por medio de esas presentaciones, es decir al interior de una escena determinada, en un sentido absolutamente literal. O diríamos –siendo más cordiales– medularmente constituida por galerías de arte, museos y salas de exhibición. La continuidad en Pacheco pertenece a una esfera distinta: su perseverancia radica en mantenerse siempre dispuesto a seguir su voluntad, la cual explora los medios expresivos sin creer hallar en ellos ni su despliegue ulterior, ni su plenitud.
1. Desde sus primeras exhibiciones personales Pacheco generó un acentuado interés incluso en ámbitos normalmente enfrentados de la crítica, que encontraron en su obra un punto más bien insólito de afinidad y acuerdo de juicios de valor, sin necesariamente apoyarse en las mismas impresiones. Aun cuando a todos les resultara casi siempre inasible el propósito de adjudicarle un estilo o tendencia a su trabajo, fuera de la novedad [1]. Se trataba de la imposible conciliación de las denominaciones sobre un trabajo que rápidamente se inclina a explorar un amplio repertorio de materiales –piedra, acrílicos, cristales, vidrios, madera, etc.–, demostrando habilidad en el manejo de cada uno. Lejos de dar cuenta de un vacuo virtuosismo, su ánimo se aboca no obstante a “desarrollar sus capacidades” a modo de desafío personal, y a no moverse por “texturas” o afinidades excesivas con los elementos sobre los que decide trabajar.
Así, su empeño consiste en extremar las cualidades de dichos elementos, como cuando adelgaza una piedra hasta que ella sea más ligera que el agua y sea capaz de flotar. Se produce desde entonces en su obra una “denaturación –no negación– de la materia”, que el crítico Jorge Villacorta señala en un texto escrito en 1993, enfatizando esta idea al comentar sobre la segunda exposición de Pacheco titulada Te ofrezco el vacío y realizada en la sala de la Municipalidad de Miraflores en 1990: “(…) la muestra también incluía un conjunto escultórico en pequeño formato, realizado en una piedra de proveniencia italiana, kutnahorite, que al ser iluminada con luz ‘negra’ cambia de color de rosa pálido a fucsia. En este trabajo Pacheco lograba denaturar la piedra visualmente: el color emitido por la piedra era tan anti-natural que la densidad mineral se desvanecía, y el color parecía flotar en su sitio” [2].
Lo que se exhibe es por tanto un dominio sobre los materiales a partir del conocimiento de estos. Pero en un registro que parece delatar vocaciones combinadas de geólogo, de botánico, de brujo y de artista, las cuales hacen de su relación con los objetos –escultóricos o no– la prueba visible de una alianza, de una confrontación de fuerzas incluso, a veces obtenida después de largas y extenuantes jornadas de trabajo, que en sus propias palabras le producían “una suerte de éxtasis” sin que ello lo disuada de proponerse cada vez mayores desafíos [3]. “Trabajar con la montaña… ¿De qué dimensiones hablas? Eso podría ser una cosa monstruosa”, preguntaba Javier Arévalo al artista, quien le exponía una motivación surgida ese mismo año (1993): “Hablo en un principio de 42.000 metros cúbicos. Esto equivale a una escultura de 35 de largo, 35 de ancho y 35 de espesor, algo así como el Bingo Pardo” [4].
No obstante, la búsqueda no es la monumentalidad sino una prueba y un acontecer mientras se dirige a un encuentro con un mundo suprasensible, cuyo camino hizo al artista transitar por múltiples comunidades religiosas –rosacruces, krisnas, mahikares, vedas, budistas– buscando una suerte de principio ordenador o revelación. Es además a inicios de los noventa cuando Pacheco emprende trabajos haciendo uso del tejido. Un proceso de confección que, visto en retrospectiva, se torna medular y, aquí, será el hilo conductor que nos permita enhebrar o reunir algunos aspectos de su trayecto último.
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[1] “Un artista absolutamente original” y “la muestra más estimulante que haya exhibido galería alguna en el presente año”, pondera Luis Lama desde su columna de Caretas, mientras Élida Román apunta: “No podemos menos que sentir entusiasmo ante este trabajo que sirve de carta de presentación a una figura nueva y, sobre todo, renovadora”. La muestra se titula Objetos mágicos y se presentó en la galería Praxis. Ver: Luis Lama “Vuelta al barrio. Juan Pacheco”. En: Caretas. Lima, 21 de agosto de 1989, y Élida Román. “Un talento evidente y decididamente original”. En: El Comercio. Lima, 28 de agosto de 1989.
[2] Jorge Villacorta Chávez. “Juan Pacheco, escultor”. Texto inédito. Firmado en enero de 1993, 3 p.
[3] “Más que de la mística yo hablo de generar un poder interno. Para eso hay que preparar el cuerpo y el espíritu. El cuerpo se prepara sometiéndolo a extremos. Yo he llegado a trabajar un mes completo una escultura, empezaba a las ocho de la mañana y terminaba a las doce de la noche (…) Esto produce un cansancio paulatino que me va despedazando corporalmente. Al final debo estar en la cama durante una o dos semanas”. Ver: Javier Arévalo. “Juan Pacheco y su escultura en la montaña”. En: El Comercio. Lima, 24 de enero de 1993, C1. (Entrevista).
[4] Ídem.

