ARTISTA

Abel Bentín Érase una vez… Candyvore

por Gabriela Díaz Palma

Viernes 4 de junio de 2010 por camaleonV

“Nuestra época es perversa (…) porque el sujeto se relaciona ahora con una Ley superyoica que comanda el goce y que estigmatiza la falta de goce como una falta moral” (Juan Carlos Ubilluz en Nuevos súbditos: cinismo y perversión en la sociedad contemporánea).

“¿Y (quiénes) fueron muy felices para siempre?”.

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Menta con chocolate
Pintura acrílica sobre resina y fibra de vidrio,19 x 13 x 14 cm

Abel Bentín se gradúa de la Facultad de Artes de la Universidad Católica en el 2008. Dueño de una capacidad de asombro y exaltación frente a lo nuevo, parece tomar sus temas de una sociedad en constante cambio, que ha ido perdiendo significado en su cotidianidad. De forma crítica o como reflexión, explora prácticas sociales en constante contradicción, como los miedos que nos perturban en silencio, aquellos a los que no quisiéramos darles voz.

Perteneciente a una generación que plantea la ruptura con los tradicionalismos como una nueva forma de introducir “arte”, no solo trata de presentar una imagen transgresora, sino que intenta contagiar esa emoción personal y esa actitud generacional. Se trata, pues, de una puesta lúdica, “apta para todos”, que permite entender un momento particular en el proceso evolutivo del artista. Espontáneo y circunstancialmente creativo, Bentín muestra de modo transparente la transmutación entre su ser interior y su ser en el mundo.

Nos conduce a una frontera difusa de límites no definidos, nos introduce a una vorágine de fantasía, dejando en evidencia una sociedad de consumo que modifica el entorno y crea de forma artificial un ambiente ilusorio. Un universo reducido al placer, materializado por el malévolo juego de las tentaciones y por una seducción en el paladar tan dulce que encanta. Transformando su primera intervención colectiva ( Sugar Attack ) en una creación personal, Bentín representa de manera tangible la amarga humanización de los dulces. Mediante la creación de una serie de figuras lúgubres disfrazadas simbólicamente por el “buen gusto”, caracteriza el áspero sabor de la desilusión dentro de un mundo extremadamente light. Imprime a través de cada uno de sus perversos personajes la historia del acaramelado mundo del Candyvore, un lugar que nos convierte en agentes ajenos a nuestra conciencia, alejándonos de los límites de “lo permitido”, alterando nuestra realidad y desvirtuando los excesos de la sociedad.

El Candyvore recrea un escenario en el cual los hombres estamos en una especie de prisión del cuerpo de la que no podemos escapar, ligados al negocio de los placeres que engañan nuestros sentidos. La instalación comunica su percepción de pertenencia a una sociedad convulsa y temerosa, que se encuentra sumergida en un mundo acelerado, dominante y despersonalizado. Un lugar donde la autenticidad ha dejado de existir y los individuos tienden a dejar de ser vistos como tales para convertirse en pequeñas máquinas de consumo masivo.

Su abordaje conceptual no sigue una línea o tendencia esperada, sino que rompe con ciertos dogmas al introducirnos a una realidad que se halla en un mundo tan distinto al nuestro. El “cuadro” que exhibe es penetrable, pues procura que el espectador haga una abstracción personal de la puesta. Pintado “por ambas caras”, permite que cada uno fabrique interpretaciones disímiles desde una misma perspectiva. Se trata del dualismo de lo dulce y lo siniestro, lo bueno y lo malo, y el divorcio entre la realidad y la ficción. Nos encontramos sumergidos en un territorio que cuestiona certezas establecidas y supuestas verdades, cargado de libertad imaginativa, tanto para el público como para sí mismo.

De esta manera promueve un género de expresión, una categoría sensorial que se define por la impresión. El tema que embiste no se presenta como imagen inmóvil; por el contrario, llena de movimiento, revela una intención de continuidad. Con cierto aire de inocencia e ingenuidad, utiliza diversos recursos estilísticos como el color pastel, un elemento inmediato para suavizar la pesadilla del consumo desmedido.

El artista asalta elementos de la narrativa infantil para integrarlos a la instalación. Juega con la dulcificación de pequeños monstruos en representación del mal y del horror, dueños del destino del mundo. En ellos existen ciertas esencias y verdades profundas del alma humana que reconocemos. Encontramos factores que resultan ser señales de nuestra propia identidad, por lo que terminamos siendo absorbidos por ellos, hasta el punto de convertirnos en producto de nuestra propia obsesión.

Su preocupación e interés en los procesos internos que tienen lugar en el individuo lo llevan a desarrollar el final del cuento. A explorar la culpa que sentimos por las cosas que hacemos y que muchas veces son solo una imposición que se halla en la realidad ilusoria de los placeres. De la perversión de los dulces se origina la advertencia que no queremos escuchar: vivimos en un mundo donde se celebra el amontonamiento, y la abundancia parece ser el rasgo descriptivo más importante. El mensaje que pretende (re)formar moralmente a una sociedad donde la fascinación por el dulce parece haber triunfado y el fitness club se ha vuelto nuestro enemigo. Y ávidos de esperanza, anhelamos que nuestros deseos se vean vencidos por las fuerzas de la verdad y del bien. Mientras tanto, esta historia continuará…

“¿Y (quiénes) fueron muy felices para siempre?”


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